La muerte en vida de la viuda india

7 Feb, 2018 | Artículos, Derechos Humanos, Violencia contra las mujeres

Envueltas en una tela blanca, el color del luto en India, con la cabeza afeitada, sin ornamentos que adornen su cara o cuerpo y con la marca del rechazo en su frente. Así las obligan a mostrarse a las mujeres que viven en este país y pierden a sus maridos, viéndose condenadas a la marginación total por las tradiciones religiosas y patriarcales de la sociedad en la que viven.

Una vez enviudan, no pueden volver a casarse, así lo dictan las leyes hindúes, y no hay mujer que pueda escapar a esta regla del sistema que beneficia tanto a unos y deja desprovistas de derechos a otras. La creencia de esta religión considera cruzarse con una mujer viuda presagio de mal augurio, para la sociedad está estigmatizado hasta mirar a la sombra de una de ellas. Las familias indias repudian y achacan a la viuda la muerte de su esposo, como si ellas fuesen culpables de haber sobrevivido al susodicho. Así, las mujeres que se encuentran en esta amarga situación, se enfrentan a la marginación de sus familias políticas, la única que les queda tras casarse y sin ningún tipo de recurso. En este duelo, se ven empujadas al ostracismo y al luto hasta el último día de sus vidas. Las viudas indias también se ven despojadas de sus bienes materiales y de todos los placeres terrenales, teniendo que renunciar a cosas tan asimiladas como naturales como los sabores de la comida, teniendo prohibido usar sal, cebolla o cualquier tipo de condimento como a su propia sexualidad, a su deseo mental y a cualquier tipo de placer físico. Como lo dicta el Código Manu, escritura sagrada que dice así: «una mujer no será nunca independiente, una viuda debe sufrir mucho antes de morir, debe ser pura en cuerpo, pensamiento y alma», la mujer India se ve saqueada literal y metafóricamente, de todo (o lo poco) que tenía.

Tal es el estigma al que se ven sometidas, que hasta el momento de su abolición en 1829, era común el rito Sati, donde la esposa del difunto se inmola en la pira funeraria junto a su marido como acto de respeto y amor hacia el, considerando como diosas a las mujeres que lo hacían y como brujas o infieles a las que no. A pesar de su abolición, ya que muchas mujeres se veían obligadas por sus propios hijos e hijas y su comunidad a cometer este rito, la práctica ha seguido vigente en la clandestinidad durante centenares de años. Casos como el de Kuttu Bai, en 1999, donde la mujer se sentó en la pira donde ardía el cuerpo de su marido y cuando dos policías intentaron rescatarla, fueron apedreados por todo el pueblo, entre ellos la mismísima familia de Kuttu, o el de Janakrani en 2006, que se adentró en las llamas cuando no había nadie a su alrededor dejan ver que el Sati nunca ha dejado de existir.

Estas vejaciones que sufre la mujer india cuando su marido muere no conocen de edad, muchas de ellas son niñas víctimas de matrimonios concertados (que constituyen el 80% de los matrimonios de India) con hombres que las doblan o incluso triplican la edad, a pesar de que el matrimonio infantil es ilegal desde 2001 en este país. Aun así, los enlaces donde las niñas son obligadas a desprenderse de la poca infancia que podían tener y casarse con individuos mucho mayores que ellas siguen estando a la orden del día, datos de UNICEF dicen que existe un 56% de matrimonios precoces en la India rural y un 29% en el área urbana. Las niñas que enviudan a tan corta edad pasan a ser pertenencia de algún hermano de su marido, o son abandonadas a su suerte sin ninguna oportunidad de no ser víctimas de estas injustas leyes sagradas respaldadas por el sistema patriarcal.

Entonces, ¿cual es el destino de los 40 millones de viudas a las que les han robado la vida? A pesar de que a partir de 1956 las indias tienen derecho a heredar, este se les arrebata por su familia política, dejándolas en la calle sin ningún recurso ni esperanza. Bien es cierto que también existe una pequeña pensión de viudedad de 200 rupias, (unos 2,5 euros) mensuales, que cobran algunas de estas mujeres pero que no llega a todas. En un país donde mas de 175 millones de ellas son analfabetas, es imposible enfrentarse a la burocracia, por no hablar de todas las mujeres que ni siquiera existen en el registro civil y no pueden optar a esta ayuda.

Cuando se tienen que enfrentar a esta situación de abandono y rechazo tan dura e inconcebible desde nuestra comodidad, donde su núcleo familiar las maltrata y abandona en la calle, muchas de ellas se ven forzadas a emigrar a la ciudad sagrada Vrindavan, también conocida como la Ciudad de las Viudas. Como dice el hinduismo, es el lugar donde Khrisna, según esta religión, una de las reencarnaciones del dios Vishnu pasó su infancia. Allí, ya constituyen un tercio de la población de la ciudad, deambulando por la ciudad sin nada mas que hacer que esperar a la muerte. Allí, algunas mendigan y sobreviven gracias a las limosnas de los turistas y otras se dedican a rezar durante horas en los diferentes ashram (templos de culto) de la ciudad a cambio de una comida y alguna rupia, donde las mas afortunadas pueden hospedarse durante la noche en condiciones que nos costaría admitir como ciertas y otras teniendo que buscar cada noche donde cobijarse. Aun con todo, esto es mas de a lo que pueden aspirar estas mujeres en otras lugares del país.

Algunos ashram están dirigidos por entidades sin animo de lucro, por ejemplo el de Amar Bari. Este templo, dirigido por la ONG “The Guilg of Service”, es uno de los que mejores condiciones ofrece a las viudas, incluyendo tres comidas al día y alojamiento limpio y digno. A parte, las mujeres que son acogidas allí, son animadas a volver a vestir saris de colores para mejorar su autoestima. La responsable de este ashram es la Doctora Mohini Giri, activista de los derechos de las mujeres, niñas y niños para la educación, trabajo digno y la independencia económica.

Esta ONG no es la única que tiene en cuenta a estas mujeres tan olvidadas por el resto, Sulabh International, desde 2012 aloja a 900 viudas. Aunque uno de sus mayores logros fue devolverles un poco de esperanza a estas mujeres. En Vrindavan una de las festividades mas importantes del año es el festival Holi, celebración hindú que celebra la llegada de la primavera mediante polvos de colores, flores, cantos y bailes al rededor de hogueras, del cual las viudas estaban totalmente excluidas. Esta ONG decidió que las viudas de la ciudad se merecían volver a sentir el color y la alegría, vistiéndolas con saris dorados y dotándolas de tiaras en sus cabezas para devolverles entre flores un recuerdo de quién son realmente.

Aun siendo una situación conocida mundialmente, parece ser que nadie es capaz de parar esta injusticia con la que convivimos en un mismo tiempo, pero nos parece tan lejana en el mismo, ya sea por su distancia geográfica o por nuestra propia incapacidad de abandonar el confort en el que residimos física y emocionalmente. Desde el 2010, la ONU proclamó el 23 de junio como Día Internacional de las Viudas, pero en mi opinión se necesita mucho mas para luchar contra las tradiciones religiosas en el que se escuda un sistema patriarcal que condena al olvido y al dolor a estas mujeres invisibles que deambulan vestidas con humildes telas blancas envolviendo su cuerpo despojado de derechos e identidad.

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