Nos gustaría reflexionar sobre la comida y su relación con el castigo. ¿Cuántos hogares obligan a sus criaturas a comer lo que dejaron en el plato? Seguro que has oído o en tu casa se ha practicado el horrible castigo de obligar a alguien a comer algo que ha dejado. “Si no lo comes ahora, lo comerás para la cena, y si no para el desayuno y así hasta que te lo comas.”

Hasta los anuncios que muchas veces son internacionales se han hecho reflejo de esta cultura de la comida como castigo que traspasa fronteras.

En este artículo queremos demostrar cómo la alimentación no debería estar relacionada con los castigos ni los premios ni se debería obligar a nadie a comer algo de malas maneras. Por muy beneficioso que sea un alimento o una comida, si obligamos a una persona a base de chantajes, premios, castigos o engaños a comerlo, conseguiremos crear una mala relación con ese alimento o incluso un trauma.  

La comida no es un castigo ni un premio

La comida no debería poder utilizarse como castigo ni como recompensa. Los hábitos alimenticios y nuestra relación con la comida es más importante que una lección de vida. La rutina alimenticia debe ser sana desde la infancia y debe alejarse de toda consecuencia o negociación de otras actividades de nuestra vida.  

Castigar o premiar con comida desde la infancia provoca que surjan asociaciones insanas con la alimentación. La Alimentación Consciente ya nos dice que la relación entre nuestras emociones y los alimentos comienza desde la más tierna infancia. La comida sirve para fortalecer y nutrir, y si la llenamos de emociones negativas pierde su principal importancia, deja de ser algo natural y nos llena de ansiedad y prácticas de alimentación insanas . 

De hecho, en algunas familias no solo se obliga a comer algunos alimentos, sino que directamente ante un mal comportamiento se les prohíbe comer. Frases como “Si no haces esto te quedas sin la merienda” o “A tu cuarto sin cenar” son bastante repetidas en hogares donde la alimentación se usa como castigo. Esto puede provocar trastornos de alimentación como bulimia o atracones, puesto ¿Qué hará esa persona cuando le vuelvan a dar comida? Comer de más por si la vuelven a castigar. También afectará a su cuerpo que hará reservas de comida si se siente amenazado con quedarse sin comida.

En la crianza cuando se ofrecen chuches o comida para que se calme o se “quede en silencio” estamos provocando dos cosas: malas asociaciones con la comida y una mala gestión de las emociones en la adultez. Seguramente ante cualquier situación que intranquilice o provoque inquietuz para la cual esa persona no tenga recursos de gestión emocional, lo que hará será calmar el malestar acudiendo a la nevera.

Lo peor no es la asociación con la que vivirá esa persona de que la comida calma o consuela, sino que después de la ingesta aparece la culpa por el atracón realizado.

Si aprendemos desde la infancia que la ingesta calma, será un círculo vicioso de mala relación con la comida muy difícil de romper.

¿Qué pasa cuando ofrecemos o eliminamos la comida en función del comportamiento de un comportamiento? Estamos anestesiando, suprimiendo y distrayendo los estados emocionales negativos de esas personas. El castigo supone una sanción ante una conducta que no es adecuada, pero en realidad no es más que la supresión temporal de un privilegio. 

Dicen las personas expertas en psicología que “no es una medida educativa. No enseña nada positivo a la persona y mucho menos a que sea autoresponsable de sus acciones. Es simplemente una sanción que no enseña a regular las emociones, sólo a sentir rabia y miedo.”

En vez de usar la comida como castigo o premio sería interesante hablar a nuestra criatura sobre las ventajas de alimentarse de manera sana, como por ejemplo llegar a ser una persona más alta y fuerte, no sufrir tantas enfermedades, poder correr y jugar más sin cansarse…

Es importante desde la infancia crecer pensando que nuestro cuerpo es tan importante que debemos cuidarlo con una alimentación saludable y consciente ya que así dejaremos de ver la alimentación sana como una obligación y comer sano sería algo normal. 

Otra opción para generar vínculos sanos con la comida y la alimentación es implicar a las criaturas poco a poco y con pequeñas tareas en la cocina y en la compra de la comida.  También da buen resultado implicarles en la preparación de platos con presentaciones divertidas, variadas y atractivas y no obligar nunca a “comérselo todo”.

La comida como castigo en personas adultas

Pero usar la alimentación como compensación o sanción no es cosa solo de la infancia, en nuestra vida adulta también lo hacemos. Nos autopremiamos con comidas y cenas de celebración por haber realizado alguna tarea: “Me como este bombón que me lo merezco tras este día.”

También lo hacemos con otras personas regalando dulces u otra comidas para celebrar un acontecimiento o apoyar en un mal momento o incluso castigamos a otras personas o seres sin comida por mal comportamiento (hijos, hijas, animales domésticos…)

Tenemos también muy asentado en nuestra cultura que la comida nos ayuda a superar malos momentos emocionales como una ruptura pero una reciente investigación de la Universidad de Minnesota (EEUU) afirma que el antídoto casero de comer para nuestras aflicciones emocionales no funciona para nada, ya que no mejora nuestro estado de ánimo y retrasa el afrontar la vivencia.

“La idea de que podemos sentirnos mejor con sólo comer ciertos alimentos es muy atractiva, pero verdaderamente, sentirse mejor no tiene nada que ver con la comida en sí, y es un efecto psicológico muy débil”, afirma David Levitsky, coautor del estudio.

Nuestro cuerpo no es una cárcel: no le castigues

Una de las cosas que más se controla en las prisiones es qué se come, cuándo se come y cómo se come. No solo privan de libertad a las personas en prisión sino que ya no pueden elegir lo qué comen y cómo. Deben de comer lo que se les de en el horario establecido. 

Se ha demostrado que en muchas prisiones se da mala comida como castigo e incluso se priva de ella a las personas por mal comportamiento cuando el hecho de estar en prisión ya es un castigo suficiente.

Pero otros estudios también demuestran que la cocina puede ayudar a la integración de las personas presas. Según un reportaje de la BBC y The Food Chain, la comida en la prisión era una “pequeña felicidad” en su día a día, una razón por la que levantarse e incluso llega a ser moneda de cambio. Proyectos de cursos de cocina en las cárceles han hecho la reintegración de esas personas más fácil.

Por suerte, la mayoría de las personas tenemos la libertad y el privilegio de decidir qué comemos y cuándo comemos. Es por eso que os invitamos a no usar nuestro cuerpo como si estuviésemos en una cárcel. Ya que podemos y tenemos el privilegio de alimentarnos de manera sana y con una alimentación consciente cuando tengamos hambre física. Si usamos la comida como compensación o castigo de los problemas que nos ocurren estaremos tratando a nuestro cuerpo como un preso más en la cárcel de las dietas y la no regulación emocional. 

No es necesario obligarse a comer a ciertas horas, ni ciertas cantidades ni alimentos, no hace falta seguir las dietas y convertirnos a la dietarquía. Lo importante es comer de manera saludable y consciente; sabiendo lo que comemos y disfrutándolo. 

En resumen, el camino más corto y efectivo para dejar de usar la comida como premio o castigo es motivar y reforzar la conducta que deseas que se repita en ti y en las demás personas, alabando los actos deseables antes que sancionando las conductas no adecuadas. Y, desde luego, dejando la alimentación aparte de toda sanción o consecuencia.  

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