Para quien me conoce un poco, es sabido que el negro no es un color que caracterice mi vestimenta, ya que el color y la diversidad del arcoíris siempre son las elecciones desde las que elijo como mostrarme al mundo.

Pero hoy 8 de marzo, tengo por desgracia muchas razones para teñir mi cuerpo con este color que representa para mí el luto y el respeto, la tristeza y el dolor, el duelo y la desesperanza, la rabia y la indignación por lo injusto y lo indeseable.

Y es que este día siempre provoca en mi sentimientos y sensaciones contradictorios ya que no sé si celebrar por lo logrado o llorar por lo que nos queda por lograr.

Empecé la mañana agradeciendo como cada día la suerte que tengo al estar viva y pedir que todo lo bueno nos inunde a todo ser humano. Y mientras tomaba el café mañanero en mi mecedora, pensaba en cómo organizaría el día de hoy para llegar a las 19:30 a la manifestación en Bilbao por la que todos los años las mujeres, y cada vez más hombres, hacemos por encontrarnos y salir a las calles a hacernos visibles, levantar nuestras voces, caminar unidas sóricamente hacia un mismo sentido: “Erradicar el machismo que nos oprime la piel y el alma y que nos está asesinando”.

Sí, me vestí de negro desde los pies a la cabeza y os puedo prometer que es una de las veces en mi vida que más he pensado que prenda elegía y porque me la ponía queriendo con ello rendir mi máximo respeto a las mujeres que estamos y a las mujeres que no están.

Me puse delante del armario y cogí primero unas bragas negras, porque con ellas quiero recordar que estoy de luto por todas las mujeres que sus bragas tapan la barbarie de la mutilación genital femenina, el abuso sexual, los matrimonios forzados de niñas menores, la violaciones en todo contexto y situación, bien sea dentro o fuera de relaciones de pareja o en las guerras. Pero también me pongo de luto con mis bragas negras por todas las mujeres que no sienten tener el derecho a explorar su propio cuerpo, que jamás sintieron qué es un orgasmo y por todas las que son perseguidas porque quieren que su sexo sea amado por otra mujer.

Después elegí unos leotardos negros con los que recordar la falta de movilidad espacio temporal en libertad que sentimos las mujeres. La falta de libertad para salir corriendo con nuestras propias piernas de los lugares que son un campo de guerra para nuestra integridad física y emocional. Al subir mis leotardos hasta mi cintura, pensé en el temor que tantas mujeres en este mismo momento de sus vidas desean salir corriendo pero su miedo no les permite tomar velocidad.

Después elegí un sujetador negro, algo absurdo en mi caso ya que mis pechos son tan pequeños que hay poco que sujetar, y después de unos segundos me alegré que así sea porque no quiero que nada nos sujete a las mujeres más que nosotras mismas. Al colocármelo lo hice con tristeza y dolor reconociéndome, igualándome a todas las mujeres que sienten el mandato de tener un pecho perfecto, deseable, admirable o 10. Y mientras me lo abrochaba recordé un gran momento en mis recuerdos, donde en un lugar desértico entre la arena y el cielo estrellado, me lo quite por primera vez públicamente junto a muchas mujeres que con ese acto simbolizábamos juntas y diversas que la opresión sobre nuestros cuerpos nos hermana e iguala independientemente que encima de mi sujetador vistiera una camiseta de tirantes y ellas una melfa.

Y por último elegí un vestido corto y viejo con el que he recorrido mucho camino y he sudado mucho el sobaco. Y lo elegí porque aunque es una osadía pensar que puedo ni tan siquiera pensar en la desesperanza de vestir cada día trapos viejos y sucios, con este vestido quiero recordar a todas las mujeres que no tienen otro vestido que vestir, que no tienen jabón con el que lavar su sobaco, que no tienen un abrigo que echar por encima de su vestido sucio cuando sienten frio.

Con menos fuerzas que en otros 8 de marzo, porque una no es de piedra y el dolor por las que no nos podrán acompañar hoy duele en mis pequeños huesos, recordé mi promesa, esa que me ayuda en días como hoy, que no se si llorar o ponerme contenta.

Mientras tenga aliento, o sea, mientras esté viva, seguiré trabajando para que las mujeres seamos libres.

Me pinté la ojera para disimular el cansancio de esta vida que a veces no resulta tan cómoda y cogí el pintalabios rojo, algo que suelo hacer excepcionalmente y que hoy cobra un sentido especial, porque aunque la vida de las mujeres nos da muchos motivos para vestirnos de negro, lo que nunca conseguirá el patriarcado es callar nuestras voces para gritar en lo alto del pueblo aun a riesgo de que nos asesinen, que las mujeres nos merecemos un mundo en el que todas estemos VIVAS Y LIBRES.

Por último, me miré de cuerpo entero en el espejo y reconfirme que no me gusta vestirme de negro pero que hoy lo importante no es cómo me gusta vestirme a mí, sino reconocer, honrar y luchar por las que ya no están y por las que aún estamos.

Pinche mi pin Morado en la solapa y me tire a la calle a encontrarme con otras mujeres que como yo hoy sienten que es un día para vestir de negro.

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Vídeos: Maite Garrido Courel. @MaitegCourel

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